Trump o cómo convertir un imperio en república bananera

Las personas votantes de Trump suelen criticar a las naciones subdesarrolladas (casi siempre por las razones incorrectas), pero quizás no sean conscientes de que eligieron a un líder que encarna precisamente lo peor de los mandatarios de aquellos países que tanto aborrecen.

La nueva presidencia de Donald Trump ha inciado fuerte y podemos ver ya el tono de su segundo mandato: más arrebato e improvisación que el anterior. Lo cual es preocupantemente típico de democracias precarias, donde el poder no se ejerce según leyes formales y normas informales pero consolidadas, sino que depende casi exclusivamente del estado de ánimo o de las preferencias personales del mandatario. Ejemplo de ello es el continuo ir y venir de fechas para instaurar aranceles generales y las constantes peleas con aliados clave como Canadá o México; muestras de que la indisciplina y falta de palabra de Trump ahora contaminan al conjunto de la administración pública del país más poderoso del mundo, que refleja la misma falta de estabilidad y coherencia que su líder.

Un ejemplo muy visual de cómo el populismo de Trump está minando la institucionalidad del imperio global es el doble rasero con que mide las visitas de Volodímir Zelensky y Elon Musk. Durante el encuentro con el presidente ucraniano, Trump expresó su molestia por la vestimenta informal de su invitado, quien acudió a la Casa Blanca sin corbata ni saco formal, vistiendo solamente una camisola típica del uniforme militar. Atuendo que me resulta lógico y coherente para el mandatario de un país invadido. Sin embargo, con este pretexto se justificó un berrinche diplomático que complicó las negociaciones y permitió a Ucrania involucrar a actores europeos adicionales en la conversación.

Por otro lado, fue llamativa y desconcertante la aparición pública de Elon Musk en el despacho oval para dirigir un mensaje a la nación vestido de manera extremadamente informal (abrigo largo, camiseta y gorra), llevando además a su hijo pequeño montado sobre sus hombros. Todo mientras el presidente ocupaba un lugar secundario en escena. Algo nunca visto y absolutamente contrario a la solemnidad tradicionalmente exigida en ese despacho.

El núcleo del problema radica en que la relación entre Zelensky y la Casa Blanca responde principalmente a intereses estratégicos y compartidos entre naciones, mientras que la posición privilegiada de Musk es resultado directo del enorme financiamiento que aportó a la campaña de Trump. De un lado, intereses nacionales; del otro, intereses personales. Estando los primeros subordinados a los segundos.

Trump sacrificó un importante acuerdo internacional—que habría dado acceso a Estados Unidos a recursos naturales críticos y puesto fin a una prolongada guerra— apelando a algo tan trivial como la vestimenta, mientras que toleró los comentarios insultantes de Musk, quien llegó incluso a calificar a la Casa Blanca como un “retrete”, en comparación con los palacios chinos.

Este doble rasero aplicado a Zelensky y a Musk, lejos de ser simple anécdota, es señal de que la presidencia estadounidense está abandonando los códigos institucionalizados para depender cada vez más de aspectos subjetivos como las amistades, las deudas y las relaciones personales del mandatario. Desde luego, es cierto que este tipo de relaciones siempre han existido en la política, pero bajo la administración Trump se han trivializado al punto de afectar directamente la solidez institucional del país, porque las decisiones políticas han abandonado el enfoque estratégico en favor de las necesidades del presidente. Un esquema en el que Trump gana políticamente, pero la ciudadanía estadounidense pierde sustancialmente. Un arreglo tristemente familiar para quienes vivimos en Latinoamérica y hemos padecido gobiernos similares.

Esto representa un problema para el pueblo norteamericano, pero también para el resto del mundo, porque, nos guste o no, como potencia global, Estados Unidos tiene responsabilidades que trascienden lo económico y lo militar, extendiéndose también al ámbito simbólico y cultural.

Por una parte, la incoherencia en el manejo de las relaciones internacionales y el irrespeto de su presidente debilitan la posición internacional de Estados Unidos, minando su capacidad para ejercer un liderazgo eficaz y consistente. Lo que se traduce en incertidumbre económica y hasta militar para el resto del planeta. Incertidumbre que obliga a otras naciones a reaccionar con medidas precautorias y defensivas ante la imprevisibilidad estadounidense, aumentando así los riesgos de confrontación en distintos planos.

Por otra parte, la conducta desfachatada de Trump y de sus seguidores pone en riesgo la confianza interna en las instituciones estadounidenses, alimenta la polarización social y mina la legitimidad de las formas e instituciones democráticas, situación que es aprovechada por aspirantes a dictador alrededor del mundo. Ahora, los regímenes autoritarios encuentran en las acciones erráticas de Trump el pretexto perfecto para justificar la erosión de libertades y para cuestionar el modelo democrático como inestable e hipócrita. Así, Trump termina fortaleciéndolos ya que lo utilizan como ejemplo para legitimar sus propias prácticas represivas, debilitando globalmente la defensa colectiva de la democracia liberal.

Es simple: ser un imperio global exige comportarse como tal. Históricamente, la fortaleza del gobierno estadounidense ha residido precisamente en su capacidad para mantener una separación suficientemente clara entre lo personal y lo institucional. Presidentes anteriores, incluso aquellos con personalidades destacadas, en general respetaron los códigos institucionales y las normas no escritas que han permitido una notable estabilidad política durante décadas. En contraste, la presidencia de Trump parece decidida a borrar esas fronteras fundamentales, poniendo en grave riesgo la estabilidad institucional del país, especialmente con antecedentes tan graves como fue el intento de golpe de Estado durante la toma violenta del Capitolio en enero de 2021.

La ciudadanía estadounidense enfrenta el reto urgente de salvar su democracia y, con ella, su posición privilegiada en el mundo. Mientras, el resto del planeta enfrentamos el desafío de navegar por la turbulencia provocada por estos cambios en el poder. Especialmente porque los aspirantes a suceder a Estados Unidos aún se encuentran lejos de su poder económico y militar así que, de ocurrir un cambio de liderazgo global, sería mediante una transición que alargaría durante lustros. Mientras tanto, la incertidumbre global impactaría la economía de todos los países, aumentaría el riesgo de confrontamientos armados y podría traer consigo la erosión de valores democráticos fundamentales y deseables, aún en un hipotético nuevo orden mundial.