Latte de vainilla, pobreza y anticapitalismo woke
Eduardo Muñiz 1 de abril de 2026
Dos tendencias me llaman la atención. Por un lado, la muerte de la identidad de las cafeterías. Basta con hacer un poco de scroll en Instagram o en Pinterest para encontrar el patrón que domina todos los espacios. Una mesa de madera rústica, luz cálida y pequeñas plantitas artificiales en las esquinas. El marco perfecto para que una persona, regularmente en edad universitaria, logre la foto aesthetic perfecta. Justo la segunda tendencia, pues el café de especialidad con latte art impecable sirve como accesorio de un libro abierto. Casi siempre un texto de Bourdieu o de Pizarnik.
Como el fandom de Pizarnik suele ser belicoso, prefiero evitar esa funa gratuita y enfocarme en Bourdieu como figura central del esnobismo contemporáneo. Más allá de sus aportaciones como sociólogo, me interesa advertir sobre los “divulgadores” de redes sociales que descontextualizan insistentemente su teoría. Personajes que, con el objetivo de aumentar la interacción, realizan apología de la insuficiencia repitiendo insistentemente el mantra: “No te esfuerces. El sistema siempre gana”.
No hay novedad ni sorpresa en cuestionar la idea del mérito. Ciertamente, es un sistema con importantes limitaciones, pero lo que me molesta es que muchas de las voces que se suman a esta tendencia, lo hacen citando al sociólogo francés como si estuviesen hablando de Newton. Omitiendo que hay una diferencia elemental entre las leyes naturales y las afirmaciones nomotéticas de nuestras profesiones. Mientras que las ciencias naturales producen enunciados universales; las ciencias sociales, en el mejor de los casos, producen probabilidades condicionadas.
Es absurdo insinuar que quien nace en la élite siempre estará en ella y que quien nace en los márgenes está condenado. Sencillamente, el mundo social no funciona con la elegancia determinista del mundo físico. Las estructuras humanas condicionan, pero no decretan. La política no es física. Os lo digo como politólogo.
Lo irónico de esta mala divulgación es que el propio Bourdieu nació hijo de un cartero rural, pero llegó a la cúspide de la intelectualidad en el Collège de France. Quizá justo por eso acuñó el concepto de habitus como algo que orienta, inclina o predispone, pero no que condena. Acudir con honestidad a las ideas de Bourdieu permite ver que, contrario a muchos videos de tiktok, él nunca pretendió que su interpretación de la realidad social fuese una ley de hierro.
Así que reducir todo a “el que nace pobre, muere pobre” es, por lo menos, una lectura perezosa. Ni el sociólogo dijo eso, ni es una afirmación del todo real. La movilidad social existe. Es desigual, es muy insuficiente, está llena de trampas y de costos que se asumen de manera desigual en función de las distintas interseccionalidades, pero existe. Y hay toda una tradición de sociología empírica que lo prueba, desde Erikson y Goldthorpe hasta los contemporáneos estudios de movilidad intergeneracional en América Latina.

Uno de los estudios más desesperanzadores es la encuesta ESRU–EMOVI 2023, realizada por el Centro de Estudios Espinosa Yglesias. En ella se presenta un crudo panorama en el que la mitad de las familias pertenecientes al quintil más pobres no logran escalar ni un sólo peldaño entre generaciones. Terrible, pero aun así se puede ver también la otra mitad del vaso medio lleno.
Si bien, sólo el 2% del quintil inferior lograr llegar al quintil superior, ciertamente pasar de un peldaño a otro ya tiene impactos positivos deseables en la vida cotidiana. El otro 50% del quintil más bajo, sí que tiene algún grado de movilidad social. Insuficiente, pero es que la respuesta no puede ser el todo o nada. Tan sólo subir un quintil, cambia la calidad de vida.
Además, estamos hablando de una moda de redes sociales que atraviesa todo occidente, y el ejemplo mexicano es de los menos esperanzadores. Según la OCDE (2018), la media de países tiene una movilidad social que permite a una familia del decil más bajo de ingresos alcanzar la clase media por ingreso en menos de 5 generaciones. En contraste, el mismo informe habla de 11 generaciones para México.
Así, mientras que en Dinamarca el nieto de una familia pobre logra alcanza la clase media, en la media de la OCDE lo hace el tataranieto. En cambio, teóricamente en México la familia tardaría más de 200 años en lograrlo. Obviamente, hacen falta datos empíricos duros, pues ni siquiera tiene edad suficiente para poder medirlo con certeza, pero no deja de ser un dato demoledor para el escalafón más marginado. No así para quienes no inician al final. La movilidad social mejora conforme avanzas los deciles.
Obviamente, estos datos demuestran que México no es una meritocracia funcional, pero sí que refutan el determinismo absoluto. Además, aún con baja movilidad absoluta, los avances marginales (dos o tres deciles) se traducen en mejoras importantes en las condiciones de vida. No justifica la búsqueda de más permeabilidad social, pero tampoco valida la renuncia del “ni lo intentes”.
Por otra parte, más allá de los datos, también es cierto que el argumento de Bourdieu es problemático en sí mismo. Como ya señaló John Goldthorpe (quien no era precisamente un apologista del capitalismo) el modelo bourdieuano construye una explicación circular donde el habitus explica las posiciones de clase y las posiciones de clase explican el habitus, sin que quede claro cómo podría refutarse. Un error básico de falsabilidad. Es decir, es una teoría que resulta tan elástica que puede explicarlo todo y nada a la vez. Así que conviene no abusar de ella.
Sin embargo, quizá el problema no sea la teoría per se, sino su utilización como artefacto de intelectualidad para justificar algo más mundano: un mercado de la resistencia. La “critica al sistema” como identidad aspiracional en la cultura pop.
Una nueva ironía reconocer que la crítica al consumismo es consumismo. Como ejemplo reciente tenemos a Bad Bunny en el Super Bowl. Un artista que construye una identidad de autenticidad periférica y que hace guiños al anticolonialismo, en el espectáculo más caro y corporativo del planeta. Quizá bien intencionado, pero no por ello renunciando a cobrar cifras de varios dígitos.
No creo que sea justo ni justificable acusar de hipocresía al puertorriqueño. Sólo es la plasticidad del capitalismo demostrando su increíble capacidad para hacer de la “crítica al sistema” una identidad aspiracional, antes que una posición política legítima. Antes de Bad Bunny, tuvimos las camisetas del Che como vehículo para apuntalar una marca personal “rebelde”.
Ojo, que justo acá Bourdieu tiene razón. El consumo de bienes culturales, aún si son de crítica al sistema, es un mecanismo de distinción de clase. La foto en la cafetería de la Condesa es, inevitablemente, un disimulado esfuerzo por obtener capital simbólico mientras se despotrica en voz alta en su contra.
Insisto, el problema no es Bourdieu. El problema es que para hacer filosofía conviene dejar de lado los reels y acercarse a los textos. A propósito, si este ensayo te pareció interesante, compártelo. Necesito que el algoritmo me lo reconozca en capital simbólico para seguir pagando el latte con el que lo escribí. Sin vainilla, pero en la Roma, obvio.

