“Generación de cristal” es una etiqueta eficaz. Es corta, moralizante y, sobre todo, cómoda. Permite “explicar” las dificultades que enfrentan las juventudes para insertarse en la economía nacional como un problema individual y no como un síntoma de una economía que ha fracasado. La etiqueta como absolución anticipada pues si el problema es la “actitud”, el país, es decir todos nosotros, no tenemos nada que corregir.
Hace unas semanas viví una escena que ilustra bien este mecanismo. Una conocida comentaba, con orgullo casi pedagógico, que nunca heredará su casa a su único hijo. Que prefería venderla para pagar viajes internacionales durante su propia vejez porque así el niño “tendría que esforzarse para tener lo suyo”, de la misma forma que ella lo había hecho.
La idea tiene algo de virtud al promover la autonomía y el carácter, pero si se sostiene sólo en el juicio moral sobre “la nueva generación”, se vuelve absurda por dos verdades materiales que la ingenuidad meritocrática prefiere ignorar: La primera es que la prosperidad familiar es una construcción inter temporal. Es un hecho que la acumulación de capital suele tomar décadas. Las familias construyen riqueza de manera intergeneracional. Por otra parte, esta visión ignora que la dificultad económica no es la misma para todas las cohortes generacionales.
Los datos exponen que arrancar la vida adulta independiente es cada vez más desafiante. La siguiente gráfica muestra el crecimiento anual real del PIB mexicano y superpone los primeros 21 años de vida de cuatro generaciones (Baby Boomers, Gen X, Millennials y Gen Z), con el promedio de crecimiento que cada una vivió en su etapa formativa.

Los Baby Boomers (nacidos entre 1946 y 1964) tuvieron un arranque excepcional con una media de crecimiento anual real de 6% durante sus primeras dos décadas de vida. Maduraron en un país que expandía su capacidad productiva, el empleo y las expectativas. Un contexto en el que el trabajo duro era garantía. De hecho, muchos lograron avanzar en sus condiciones de vida. Es indiscutible que hay mérito en ello, pero también hay que reconocer que gozaron condiciones únicas, pues fueron los años del “milagro mexicano” (1940 a 1970) con años de crecimiento hasta el 12%
En cambio, a la generación X (1965-1980) le tocó vivir el desgaste de la época de abundancia. Los primeros en nacer tuvieron una infancia que alcanzó a rozar el dinamismo alto, pero ya en un entorno donde el modelo se hundía porque las élites de las generaciones previas, incluida la de los Boomers, fueron incapaces de expandir la política de sustitución de importaciones de bienes simples hacia bienes intermedios. Tampoco lograron mantener disciplina fiscal en las arcas públicas y se endeudaron de manera irresponsable.
En 1982 terminó por hundirse el “milagro mexicano” con el estallido de la crisis de la deuda que llevó a una severa devaluación de la moneda y una inflación superior al 100%. Los Gen X más jóvenes y los Millennials más viejos compartieron los complicados años que le siguieron. No obstante, en conjunto la Gen X gozó de un crecimiento promedio anual del 4.4% durante sus primeros años de vida. Es menos favorable que los Boomers, pero hoy esa cifra se recuerda con nostalgia.
El quiebre estructural llegó con los Millennials (1981-1996). Los más viejos vivieron su infancia en la resaca del ajuste de modelo con los primeros tres años de decrecimiento del México moderno (incluyendo el “efecto tequila”). El resto, pudimos desarrollarnos en un país con cierta estabilidad macroeconómica, pero ya con una economía claramente aletargada.
Mi generación crecimos viendo cómo el Producto Interno Bruto ascendía de media 2.3% anual, mientras que la población lo hacía a un ritmo de 1.7% anual. Sí, había margen, pero cada año más acotado. En comparación, por ejemplo, la juventud de los Boomers se vivió en un país con tasa demográfica del 3% y crecimiento medio del PIB del 6%.
La Gen X compartimos estancamiento con los primeros adultos de la Generación Z (nacidos entre 1997-2012), quienes llevan una media acumulada del 2% anual, aunque los últimos integrantes de este cohorte alcanzaran los 21 años hasta 2033, así que aún es incierta la dinámica económica que definirá su inserción generacional a la vida adulta.
De forma que, en términos estrictamente económicos, no se puede evaluar a todas las cohortes con la misma vara cuando no vivieron en el mismo país. Si la etiqueta “generación de cristal” tuviera algún valor analítico, habría que invertirlo pues lo frágil no son las juventudes per se, sino el arreglo económico que les tocó.
Siendo una persona que nació en el cambio entre Millennials y Gen Z, puedo entender que los más jóvenes de esa cohorte, justo los que acaban de cumplir 20 años, tengan muy pocos incentivos para imitar la cultura laboral de los Boomers e inclusive de la Gen X. Sencillamente, son herederos de dos generaciones que han visto cómo el milagro mexicano ya sólo es un recuerdo romántico.
No obstante, es importante subrayar que esto no implica que la agencia individual desaparezca, seguimos siendo responsables de nuestra vida y el trabajo duro sigue rindiendo frutos. El problema es que esos frutos son cada vez más agrios porque el país apenas crece. Lo que se traduce en cicatrices biográficas: una inserción laboral degradada, movilidad social muy acotada y un patrimonio familiar prácticamente estancado.
En conclusión, la pregunta importante es qué estamos haciendo para el futuro. La Generación Alpha (a partir de 2013) va a heredar, para bien o para mal, el país que hoy decidamos construir (o seguir postergando) mientras el bono demográfico se evapora. Recordemos, a inicios de milenio la edad mediana era de 22 años, para 2020 ya era de 29 años. Si el país va a crecer en serio, la ventana histórica para hacerlo es ahora mismo.
El problema es que el debate público está atrapado entre dos nostalgias: los defensores del status quo siguen afirmando que teníamos que profundizar el modelo que nos estancó, mientras que los críticos del neoliberalismo añoran románticamente un regreso a la sustitución de importaciones que ya mostró sus límites en el mundo moderno. Mientras tanto, todavía no tenemos el dato sobre si acaso hubo crecimiento en 2025 y las expectativas más positivas para 2026 sitúan el pronóstico en 1.5%. ¿Cuánto más puede esperar la nación?
Tic tac…

