Me llaman la atención esas personas que, a pesar de vivir en una ciudad sede, deliberadamente no consumen el Mundial de Fútbol. Por una parte, veo que hay quienes genuinamente lo hacen por desinterés, pero también hay quienes toman distancia como una forma de distinguirse de la multitud, de no ser una más que grita el mismo gol en el mismo momento.
Creo que esa postura tiene algo simultáneamente admirable como irritante. Admirable porque supone una voluntad de no disolverse en lo colectivo. Irritante porque muchas veces huele más a postureo intelectualoide que a legítima convicción. Justo eso es lo que encuentro interesante: la tensión entre ser uno mismo de la forma más original posible y el deseo de pertenecer a un colectivo. Lo cual, de hecho, es uno de los problemas clásicos de la filosofía.
Søren Kierkegaard afirmaba que “la multitud es la no-verdad”. Cosa que decía sin desprecio aristocrático ni como insulto. Para él, la multitud es más que mucha gente junta, es un modo de existir en el que el individuo deja de responder por sí mismo. Y eso, para Kierkegaard, es lo más peligroso que lo importante, lo decisivo, es vivir desde la interioridad. Este filósofo no se pelea con la mayoría (en el sentido contemporáneo democrático), sino con el potencial que tiene el ruido de la multitud de ahogar nuestro propio sonido interior.
Desde esta perspectiva, por ejemplo, los fanáticos del balón pie estarían tomando una vida prestada (la de los jugadores) para contagiarse de la euforia que produce el éxito de otros. Es decir, no es la afición quien anota los goles, pero lo vive como si fuese así. El fútbol propicia una conciencia compartida que diluye las fronteras de la individualidad, uniendo personas en experiencias comunes.
Sin embargo, esa misma unión también diluye la responsabilidad individual. Lo vemos pornográficamente en los festejos (a veces rayando en la ilegalidad) que los fanáticos realizan por las calles. Pero también está presente en los insultos que la afición corea en el estadio al árbitro o al contrario. Muy probablemente la mayoría de la afición ni siquiera considerarían hacer lo mismo de frente y uno a uno, pero rodeados de una multitud se sienten justificados a hacerlo.
Por eso Kierkegaard defendía que la multitud no necesariamente hace que la gente piense distinto, sino que le quita el peso de tener que responder por lo que piensa y hace. La vuelve, en sus palabras, impenitente.
No obstante, sería un error condenar a la masa y exaltar al individuo que se aparta de las festividades mundialistas. La realidad es más compleja y creo que Kierkegaard sería el primero en señalarlo. Frente al hincha que abraza el colectivo tricolor, está aquella persona que rechaza el Mundial precisamente para sentirse superior a la multitud. Pienso en el típico sujeto que publica en sus redes cosas como: “qué borregos, yo leo a Marx mientras ustedes ven rodar un balón”.
Esa persona no escapa del juicio de Kierkegaard. Desde su perspectiva seguiría siendo esclava del colectivo, sólo que al revés porque su identidad entera depende de llevarle la contra. Al final, necesita de la multitud tanto como el fanático más fervoroso, porque sin ella no tendría contra qué definirse.
En palabras del danes, sería un personaje atrapado en un estadio estético de la existencia. Organizando su vida alrededor de un performance que aparenta no ser el “otro”, el del “jersey”. Este sujeto podría elegir simplemente ser quien es, pero prefiere realizar una actuación destinada a mostrar la imagen del intelectual que está por encima de las pasiones vulgares. Un postureo que seguramente terminaría citando a filósofos existencialistas para hablar del mundial, pero omitamos esa contradicción por el momento. Un poco de crédito, por favor.
Según veo, el error es creer que la autenticidad se define por el objeto de consumo (ver o no ver el partido), cuando en realidad lo hace por la forma de la elección. El individuo singular es aquel que decide participar o abstenerse asumiendo el peso de su propia libertad, sin reaccionar a la opinión ajena, ni usándola como muleta para sostener su propia identidad.
Así que bienvenidas sean las personas que no ven el mundial sencillamente porque su atención y su pasión están honestamente puestas en otra cosa. Así: sin drama y sin hacer de su indiferencia un trofeo moral. Pero, y aquí está la clave, el individuo singular también puede estar en la tribuna. Puede gritar un gol y disfrutar del espectáculo si eso responde a su interior. La distinción está en la autenticidad, y es algo que ninguna multitud puede ponderar por nosotros.

