Un hombre al que he criticado en esta columna le preguntó a mi esposa sobre, según sus palabras, “el motivo de mi odio por él”. No sé si sentirme ingenuo o ligeramente ofendido. Honestamente, pensé que era más inteligente, porque con ese gesto cometió dos errores que son, en realidad, el mismo y que me sirven de pretexto para reflexionar sobre el papel del odio en la discusión pública.

El primer error es que convirtió una crítica sobre su actuación pública en un sentimiento privado. Donde yo califiqué con argumentos sus actos, él quiso ver una animadversión personal. El segundo fue responder a un señalamiento público en un canal privado y, además, uno en el que yo no estaba. Primero, la necedad de no entender que el odio es (o debería ser) un asunto privado, mientras que la política es de naturaleza pública. Segundo, el desatino de hablar a mis espaldas.

En el mundo antiguo, el pueblo griego distinguía lo propio/lo personal de lo común/lo social. De un lado el “oikos” o la “casa”, donde se atendían las necesidades vitales (comer, reproducirse, etc.) y del otro la “polis” o la “plaza pública”, donde los iguales se reunían a decidir en común. Era algo de suma importancia porque permitía al ser humano distinguirse del resto de los animales.

Por ejemplo, ante la existencia de sociedades de grullas, hormigas o abejas, Aristóteles señaló que tanto humanos como animales tienen “phoné” o “voz” y con ella expresan placer y dolor, lo que les permite organizarse en colectivos para sobrevivir. En cambio, los humanos además tenemos “logos” o “palabra razonada”, lo que nos permite distinguir lo justo y lo injusto, lo correcto y lo incorrecto. Así, la polis es el espacio donde se ejerce libertad y verdadera humanidad, pues ahí es donde se usa el logos y donde se distingue entre lo que alguien siente y lo que alguien piensa. Lo primero es phoné y lo otro es logos.

Desde luego, para el sujeto que da pretexto a este texto, es cómodo confundir estos conceptos porque le ahorra el trabajo de justificarse y explicarse. Bajo su (i)lógica si quien le critica en realidad le odia, la crítica no necesita refutación ni sus actos necesitan rendir cuentas.

Antes de seguir conviene no romantizar el arreglo griego pues su plaza pública descansaba sobre esclavos y mujeres encerradas en la casa. Precisamente, la famosa consigna feminista “lo personal es político” ataca ese arreglo. Sin embargo, no afirmo que el odio privado sea inmune a la crítica moral, ni que lo que ocurre entre particulares escape al escrutinio público. De hecho, los propios feminismos no piden que los sentimientos privados sean argumentos públicos, sino que las relaciones privadas también sean objeto de justicia pública. No hay que confundir.

A tal propósito conviene recordar lo que Hannah Arendt llamó el carácter privativo de lo privado. Es decir, estar reducido a lo propio es estar privado de aparecer ante otros. Reducir la polis a un pleito entre particulares es negarnos a hablar de lo justo e injusto para quedarnos en la discusión de la subjetividad. Un camino sin salida con cada quien desde su trinchera individual sin posibilidad de construir algo valioso para todos.

Y esa es una creencia peligrosa, porque es exactamente la condición que hoy organiza buena parte de la política más allá del pequeño círculo social donde surgió el pretexto de este texto. Sucede que veo con preocupación cómo políticos de todo el espectro apelan a un lenguaje beligerante que niega al otro la participación en la polis. 

Pienso, por ejemplo, en un Javier Milei descalificando a sus opositores: “¡Al zurdo de mierda no le puedes dar un milímetro! No podes negociar con un zurdo, con esa mierda no se negocia”. O en Jean-Luc Mélenchon llamado a sus partidarios a “pudrir” a los periodistas críticos a quienes calificó de “corporación voyeurista”. En Jair Bolsonaro diciendo: “El error de la dictadura fue torturar y no matar” o en un joven Pablo Iglesias afirmando en televisión que le emocionaba ver a un manifestante patear en la cabeza a un policía tirado en el suelo. En sus distintas dimensiones todos ellos cruzaron la misma línea.

Algunos de los seguidores de los políticos que apelan al odio los defienden como una expresión de ira ante la frustración que les genera el sistema. De hecho, el mismo Iglesias justificó su emoción apelando a que “expresaba una rabia que estaba creciendo”. Sin embargo, también Aristóteles nos da salida a ese error al distinguir entre la “orgē” o la ira y el “misos” o el odio. En el caso de la ira, lo que se busca es que el otro pague por lo que hizo. Se busca que tenga consecuencias algo que propició esa emoción. En cambio, quien odia quiere que el otro desaparezca, que no exista. Precisamente, regodearse de la paliza a un hombre caído no busca la reparación de nada.

Desde luego, hay injusticias que dan motivos de sobra para la ira. ¿Quién podría sensatamente pedir a una madre que busca a su hijo víctima de desaparición forzada que no sienta lo que siente? No hablo de moderación o buenos modales. No es un asunto de intensidad, sino de cómo la política debe ser la herramienta que permita que nuestras subjetividades, diversas y a veces desacordes, puedan vivir en sociedad.

Obviamente la ira rabiosa que exige reparación, que busca cambios estructurales, es naturalmente uno de los motores históricos de la conquista de derechos. El problema está en ese misos que da forma a palabras como misantropía o misoginia. Una emoción humana distinta de la ira, quizá comprensible y explicable, pero que inevitablemente deriva en acto antisocial porque niega el derecho de existencia a otros integrantes del colectivo humano.

Tanto en el espacio público contemporáneo como en la polis griega, la discusión y las decisiones colectivas se basaban en argumentos que pueden ofrecerse, examinarse y, eventualmente, abandonarse. El odio precisamente incumple estas tres condiciones.

Por un lado, el misos es una subjetividad que no se puede ofrecer, sino que se declara. Si afirmo, por ejemplo, que “la política social terminará empobreciendo a quien dice proteger” puedo aportar datos y evidencia que otras personas pueden desmontar. En cambio, la afirmación “este colectivo me repugna” es una retórica que no admite ni defensa ni refutación porque no habla del mundo sino de mi estado interior, un espacio donde no pueden construir nada.

El misos tampoco puede someterse a examen. En contraste con la orgē, que tiene una estructura accesible al otro, el odio es un territorio vedado para las otras personas. La ira se puede analizar: alguien hizo algo, ese algo fue injusto, y merece reparación o castigo. Cada eslabón puede discutirse. En cambio, el odio puede ser irracional hasta el punto de surgir sin motivo ni ofensa. Se puede odiar sencillamente por las ideas que, desde nuestra mente, proyectamos al otro.

 Por ejemplo, en mayo de 1911, tras tomar la ciudad de Torreón, vecinos y tropas maderistas mantuvieron una prolongada masacre que acabó con la mitad de la población China en la ciudad. Asesinaron a 303 chinos (incluyendo niños), saquearon sus negocios y arrastraron sus cuerpos por las calles sin mayor motivo que el asumir que eran “antihigiénicos”. Aunque el gobierno mexicano se comprometió a pagar compensaciones a los sobrevivientes eso nunca ocurrió y sólo hasta 2021 ofreció disculpas oficiales.

El misos no se puede abandonar de la misma manera en que se desecha una idea incorrecta. Mientras que una buscadora, por intensa que sea su rabia, puede agotarla el día en que el Estado garantice aparición con vida, verdad, justicia y no repetición. Quien odia no tiene esa posibilidad de punto final. Si lo que se busca es que el otro no sea, entonces no hay nada que se pueda hacer desde la polis para atender su odio. Ninguna concesión, ninguna reforma, ninguna derrota electoral le dará alivio.

Ahí está el peligro antisocial de una política apuntalada a partir del misos. El odio privado, convertido en programa público, deja de ser algo que alguien siente por otro y pasa a ser algo que alguien propone hacer a otros.

Finalizo. Al hombre que preguntó por mi odio le respondo, aunque no me haya preguntado a mí: Yo escribí sobre tus actos, no sobre mis emociones. De hecho, sigo disponible para discutirlos en público, donde corresponde. Y aún si acaso te odiara, eso importaría poco para fines de la explicación que debes por tus acciones al colectivo humano al que perteneces. Toda vez que los argumentos no mejoran ni empeoran según el humor de quien los formula. Precisamente es una de las ventajas de la polis: lo que se examina son las razones, no los corazones.

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